lunes, 26 de enero de 2015

Cómo el obrero santifica su uniforme





Muchos desean ser obreros pues desean servir aún más el Señor Jesús.

Se empeñan en tener una vida santificada al Altísimo con el fin de agradarlo, obedecerlo y, con temor, Lo buscan. Todo es puro, porque sus ojos son puros.

Hay satisfacción en realizar cada tarea para Dios, aunque sea imperceptible a los ojos de las personas.

Pero su alegría es saber que todo su empeño es para el Altísimo. Y la recompensa viene de Él. Sus experiencias con el Espíritu Santo son valiosas. Busca Sus cuidados y depende de Su dirección.

Hay comunión entre Padre e Hijo, de Espíritu hacia espíritu.

Sin embargo, con el pasar del tiempo lo que era tan significativo y único, pasa a ser algo común e incluso insignificante. Es como si la santidad de todo lo que antes representaba a Dios, se opacara sutilmente encaminando al siervo a un camino de tinieblas.

-Antes de los cultos, ya no hay más preocupación por orar y consagrarse a Dios a fin de ser un instrumento en Sus manos.
-Llegar tarde a las reuniones no se trata de algo ocasional.
-Estar desatento en las prédicas es culpa de un cansancio físico, convirtiéndose en algo constante.
-No hay más experiencias con Dios a no ser las vividas en los principios de su fe.
-En todo ve problemas y dificultades porque sus ojos se volvieron malos.
 -Ya no escucha la voz del Espíritu Santo, porque se volvió carnal imposibilitando al Espíritu de hacerse oír.
-Ahora la gran preocupación, es mantener solamente la posición de obrero dejando su compromiso de siervo delante del Altísimo.

El uniforme no es propiamente las piezas del vestuario, sino las vestiduras de un guerrero espiritual. Y ¿cómo enfrentar esa guerra si uno no está protegido ni tampoco está siendo dirigido por el Señor de los Ejércitos?

Antiguamente, para que el sumo sacerdote sirviera al Señor en el Tabernáculo, sus vestiduras eran cuidadosamente escogidas por Dios.

Donde cada pieza poseía un significado importante. Él se preparaba y se santificaba antes de entrar en la Presencia del Todopoderoso y ofrecer sacrificio en pro del pueblo. Sin embargo, si se atrevía a entrar en el Santo de los Santos, sin estar preparado, saldría muerto, aunque estuviese con la vestimenta de sumo sacerdote.

Hoy el obrero que decide tomarse vacaciones de la santificación, muere de forma casi imperceptible. Por eso muchos, aunque se visten con uniforme, son tan fríos que no logran expresar la fe genuina. Delante de ese hecho, podemos decir entonces, que no es el uniforme que santifica al obrero, sino el obrero el que santifica al uniforme.

El obrero es visto como alguien escogido y apto para llevar a las personas a la conciencia espiritual.
¿Y cómo hacerlo si él mismo no se empeña en esa comunión?

Gran honra es servir como obrero al Dios Altísimo, sin embargo, hay una inmensa responsabilidad de mostrarlo a los demás en su propia vida. Eso engloba su postura, su carácter, su modo de hablar, de vestirse, en fin, en todas sus formas de actuar. Estando o no uniformado.

Más allá de eso, nadie puede exteriorizar aquello que no es. Pero tarde o temprano se expone la real condición espiritual de cada uno. Mientras algunos obreros están apegados al uniforme y se olvidan de mantener la santidad al Señor, otros se mantienen en el primer amor.
Buscándolo ardientemente, desviándose del mal, santificándose y manteniendo su conciencia limpia.

El siervo de Dios exhala Su buen perfume, pues es diferenciado por el Espíritu que presenta.

En él, es visto el brillo del Señor Jesús. Después de todo, el nacido de Dios refleja la Presencia del Padre.

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