martes, 22 de julio de 2014

Estar muy bien casado


El matrimonio de quien pretende servir a Dios sea en el altar, o sea en el atrio es el paso más importante después de su conversión. No es en vano que el hombre más sabio, más rico y que más tuvo mujeres, y que aun así haya sido el más infeliz de los hombres, haya llegado a la conclusión de que "el que halla esposa, halla el bien..." (Proverbios 18:22). Salomón probó toda la gloria de este mundo y no logró ser feliz porque no logró hallar una esposa...

Él tuvo muchas y muchas mujeres que ciertamente le agradaron a sus ojos, pero ninguna le trajo el bienestar del corazón. Finalmente, ya cansado de tanto buscar con los ojos físicos, Salomón llega a la desilusión cuando dice: "Y he hallado más amarga que la muerte a la mujer cuyo corazón es lazos y redes, y sus manos ligaduras. El que agrada a Dios escapará de ella; mas el pecador quedará en ella preso." (Eclesiastés 7:26)

Todos los siervos de Dios tienen que buscar tener una familia muy bien estructurada y muy bien fundamentada en la Palabra de Dios. Eso comienza en su matrimonio. Es a partir de la elección de una persona llena del Espíritu Santo y que tenga el mismo deseo de servir a Dios, en el altar o en el atrio, que se va a formar una familia.

Cuando la pareja tiene el propósito dirigido hacia la voluntad de Dios, sirve como generadores de hijos de Dios. Abraham y Sara son un excelente ejemplo de eso, inclusive el propio Señor exhorta a reflejar nuestras vidas en ellos, cuando dice: "Mirad a Abraham vuestro padre, y a Sara que os dio a luz; porque cuando no era más que uno solo lo llamé, y lo bendije y lo multipliqué." (Isaías 51:2)

Fue a partir de Abraham y Sara, nuestros padres en la fe, que nació una gran nación de Dios. De la misma forma, cuando la pareja tiene una formación moral y espiritual fundamentada en la Biblia y se entrega totalmente al servicio de la voluntad de Dios, el Espíritu Santo hace generar hijos de Dios a través de ella. Verifiquemos, por ejemplo, la relación entre Abraham y Sara. La Biblia muestra que ellos eran una pareja perfecta. Aunque vivían en una sociedad inmoral y corrupta, Abraham siempre fue fiel a su esposa.

Su amor y su fidelidad a Sara mostró el carácter que Dios buscaba para hacer surgir una gran nación. Lo mismo se dio con Noé cuando Dios quiso preservar la raza humana. Él halló gracia delante de Dios porque era un hombre "justo, perfecto en sus generaciones..." Lo que significa decir que mantenía el patrón moral y espiritual de acuerdo con Dios, aun viviendo en una sociedad corrupta. Era marido de una única mujer, lo que ciertamente demostraba su amor y fidelidad en su carácter. 

Obvio que cuando se ama y se es fiel a la persona con quien hacemos una alianza a través del casamiento, la probabilidad de también serlo con Aquel a quien no vemos pero en quien creemos es mucho mayor. Esa es la razón por la cual los que desean servir como exponentes en las manos de Dios deben tener como referente su vida matrimonial. De lo contrario, ¿cómo alguien puede servir como instrumento en las manos de Dios si su vida familiar es un desastre? ¿Cómo puede servir de testimonio del Señor Jesucristo?

Jamás podemos olvidar que nuestro comportamiento inmaculado vale más que las palabras de prédica. Además de que, si no somos capaces de amar y de ser fieles a las personas a quienes vemos, ¿cómo lo seremos a Aquel a quien no vemos? Lo más importante para Dios no es lo que hacemos sino lo que somos. Lo que somos habla más que lo que hacemos.

La esposa del obrero tienen que ser verdaderamente una mujer de Dios y perfectamente integrada en el trabajo que su marido ejecuta para su Señor. Su posición como mujer de un siervo es de auxiliadora. Su trabajo es auxiliar como sierva también, pero sometiéndose al liderazgo espiritual de su marido.

Cuando un matrimonio está mal edificado, las probabilidades de que genere hijos problemáticos son muy grandes.

Extraído del libro: Cómo Hacer la Obra de Dios del obispo Edir Macedo

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