sábado, 9 de noviembre de 2013

Espermatozoide de la fe



No hay forma de desvincular la perseverancia de la salvación del alma. Lo mismo sucede en relación a la obra de Dios. Por eso Jesús dijo a los que ponen la mano en el arado y después miran para atrás, que no son dignos del Reino de Dios.

El espíritu del mal es perseverante. Y solamente es vencido por aquellos que tienen el Espíritu de la perseverancia.
Perseverante es aquel que continúa creyendo, aun en contra de las circunstancias. Él va hasta la muerte en esa fe.

Los llamados y no escogidos pecan justamente porque les falta continuidad en la fe. Se desaniman delante de los desafíos, aceptan la derrota y se entregan a las debilidades. Imagine si los matrimonios se disolvieran delante de las dificultades.

Seguramente, ninguno subsistiría. Así es el matrimonio con Dios. Los débiles quedan atrás. Es como la propia vida.

Entre los millones de espermatozoides, normalmente, sólo uno vence los obstáculos y llega a ser una persona. Eso significa que cada ser humano ya nació fuerte.

Pero, la mayoría, con el tiempo, se entrega a los problemas y se debilita. No es diferente de la salvación. Muchos la han aceptado, pero pocos se mantienen firmes.

Durante tres veces consecutivas Dios le ordenó a Josué que sea fuerte. Él jamás exige algo imposible. ¿Pues, cómo mandar hacer algo imposible? La fuerza no está en los músculos ni en el tamaño. La fuerza está en la determinación interior.

 El perseverante jamás se deja llevar por las dificultades. Antes, él las usa como parte de su conquista. ¡Sean fuertes en el Nombre del Señor Jesucristo!

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